Covid19: La cara y la cruz medioambiental

3 de junio de 2020
Eneas De Troya El gran confinamiento: The great lockdown

Como si se tratara de una representación de la legendaria ciudad de la Atlántida, hoy podemos perfectamente delimitar con extremada claridad las esferas en las que se desarrollan nuestras vidas. Imaginemos tres círculos concéntricos. En el primero nos encontraríamos con el entorno doméstico; ese ámbito que, desde que comenzó el confinamiento y hasta que lo superemos definitivamente, ha sido el lugar a través  del que hemos visto transcurrir los acontecimientos. El segundo círculo sería el entorno urbano; un lugar que pisábamos solo para unas determinadas acciones (hoy más numerosas que al principio). Y por último, como círculo exterior tenemos el entorno natural, un lugar que desde las ciudades hemos mirado de lejos durante meses y en el que han ocurrido cosas interesantes.

Intervención de Jonhatan Gil en la Cadena Ser

Malas prácticas domésticas

Como consecuencia de la obligada reclusión en nuestros hogares, la pandemia ha traído consecuencias muy positivas para el medio ambiente y nuestra propia salud. Así, ha disminuido drásticamente los niveles de contaminación del aire como consecuencia directa del descenso de la circulación de vehículos en nuestras ciudades. De hecho, en la ciudad de Madrid se han rebajado los niveles de NO2 en un 58% durante los meses de marzo y abril, lo que también ha tenido impacto en la contaminación acústica que veníamos padeciendo los urbanitas, reduciéndose muy sensiblemente. Hoy basta con, por ejemplo, salir a las calles de Alcorcón para darse cuenta de que el aire es más puro y hay menos ruido ambiental. Además, el consumo de agua en la Comunidad de Madrid se ha reducido en un 7,5% entre el 14 de marzo y el 23 de abril, a lo que hay que sumar un menor consumo eléctrico que ha descendido un 17%, aunque podría haber sido un porcentaje mayor si se hubiera reducido en unas vías públicas desiertas, lo que también habría tenido su reflejo en una menor contaminación lumínica.

Pero el confinamiento en nuestros hogares también ha deparado consecuencias negativas. A día de hoy diferentes organizaciones conservacionistas han alertado del incorrecto tratamiento de mascarillas y guantes, así como de un excesivo consumo de toallitas húmedas que terminan tirándose al inodoro. Este producto de higiene personal origina enormes tapones en las redes de saneamiento (donde también se detectan tampones, compresas, bastoncillos, etc.) y por ende grandes desembolsos para el erario público. Además, los compuestos que llevan consigo las toallitas, como por ejemplo los microplásticos, terminan en nuestros ríos y mares al ser imposible su eliminación completa en las depuradoras. Así, terminan por entrar en la cadena alimentaria al ser ingeridos por diferentes especies, muchas de las cuales son consumidas por el propio ser humano. Un viaje de ida y vuelta que no hace sino subrayar nuestra inconsciencia además de mostrar nuestra  enorme dependencia del entorno en el que vivimos. 

‘Urbanitas’ a la fuerza

Pasamos ahora al segundo de los círculos que apuntábamos al principio: el entorno urbano. Además de la disminución de la contaminación atmosférica y el ruido, nuestra fauna urbana se ha visto sorprendida por la falta de personas en las calles. Hay una parte de esa fauna que se ha visto perjudicada por esta circunstancia; es aquella que más dependiente es de nuestra presencia en, por ejemplo, los parques públicos. Es el caso de las palomas o las cotorras argentinas y de Kramer que han visto cómo ha disminuido la cantidad de alimento disponible. Algo que podría derivar en una inesperada reducción de sus poblaciones, y especialmente positivo con respecto a aquellas especies invasoras que han originado serios problemas debido a su crecimiento exponencial en los últimos años, desplazando a muchas otras aves autóctonas del que hasta ese momento era su hogar.

También ha sido recurrente ver en la televisión vídeos en los que se mostraba a la fauna silvestre pasear con total tranquilidad por las calles de nuestras ciudades. Lo han hecho animados por la falta de gente y en busca de un alimento fácil de conseguir en nuestras bolsas de basura. Una de las especies más observadas ha sido el jabalí, un atrevido ungulado que a falta de molestias ha vuelto a pasear con más asiduidad de la que nos tenía acostumbrados. Aunque nos pueda parecer a simple vista algo anecdótico, lo cierto es que ahora y antes, su presencia nos advierte de cómo un urbanismo descontrolado y voraz ha ocupado muchos de sus antiguos territorios naturales. Por otro lado, el descontrolado crecimiento en algunos casos, señala igualmente que los ecosistemas que ocupan y en los que medran han sido desestabilizados por el ser humano, principalmente, al no existir en ellos los depredadores naturales que antes controlaban sus poblaciones.

Una peligrosa avalancha de humanos

En cuanto al entorno natural, gracias a nuestra forzada desaparición y las lluvias caídas en las últimas semanas, el paisaje que rodea nuestras ciudades y pueblos se muestra exuberante. Ahora campan a sus anchas todas aquellas especies que siempre han tenido que estar preocupadas por nuestras cercanía. Una naturaleza como nunca hemos visto y por la que tememos cuando lleguemos a fases que permitan a la población acudir como una marabunta a esos rincones naturales insignes de la Comunidad de Madrid. En este sentido, es necesario regular con antelación el régimen en el que tengan lugar estas visitas masivas para evitar el daño que a buen seguro puede causar a nuestra presencia. Puede ser la oportunidad, no de restringir el disfrute de la naturaleza, sino de hacerla compatible con su conservación. Estamos acostumbrados a que aparcamientos de célebres lugares como La Pedriza, en pleno Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama, se llenen hasta los topes en pocas horas, repitiéndose festivo tras festivo.

Una pregunta que se viene repitiendo desde que se decretó el Estado de Alarma es si, pasada esta época tan dura que nos ha tocado vivir, todo lo vivido cambiará nuestra relación con la naturaleza. Es difícil saberlo, pero lo que está claro es que ha quedado patente la enorme mejoría que ha experimentado el entorno que nos rodea desde que estamos confinados en nuestras casas. Tomemos nota y no volvamos a lo de siempre.

Jonathan Gil Muñoz
Director de El Guadarramista

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