Iniciativa 3 Mares y Pacto de Visegrado: neoliberalismo meets neonazismo en el Este.

6 de julio de 2020
Fundación del Grupo de Visegrado

Foto: fundación del Grupo de Visegrado

Mikel Marín.- Anda el personal preocupado por el auge de la extrema derecha en España. Taxistas que tiran al blanco contra caras de ministros, cayetanos con cacerolas y banderas con aguiluchos, hooligans neonazis en el Parlamento y los salones de plenos… También hay preocupación, aunque menos visible, por la evolución de la Unión Europea ante la segunda gran crisis del Siglo XXI. La guerra desigual de los austericidas del Norte contra los que llamaban PIGS del Sur, que se saldó con la aplastante victoria de los primeros y sus entidades bancarias –Deutsche Bank, ¿dónde está nuestra pasta?- en 2010-2015, lleva camino de repetirse. Lo que no está tan claro es si tendrá el mismo final, ni si la propia UE podría soportar una nueva salida injusta sin derrumbarse. Y mientras tanto, en el Este, a diferencia de hace 100 años, el bora no sopla esperanzas sino nubes de tormenta. Motivos de preocupación para los que temen a la ultraderecha. Motivos de preocupación para los que temen al neoliberalismo.

Hace cinco años, el presidente polaco, Andrzej Duda, y la croata, Kolinda Grabar, ponían en marcha la Iniciativa 3 Mares, un proyecto que busca mover el actual eje Este-Oeste en los flujos comerciales y económicos de la región hacia uno Norte-Sur. La cooperación económica y política entre los países miembros de la iniciativa –que toma su nombre de los mares Báltico, Adriático y Negro- se plasmaría en aspectos como las infraestructuras, energía, transporte, seguridad y telecomunicaciones. Actualmente, 12 países se han sumado al proyecto: Polonia, Croacia, Estonia, Letonia, Lituania, Hungría, República Checa, Eslovaquia, Eslovenia, Rumanía, Bulgaria y el único occidental: Austria. 

Países que componen la Iniciativa 3 Mares.

Década y media antes, Hungría, Polonia y Checoslovaquia formaron el Grupo de Visegrado. Al igual que su homónima del Siglo XIV, la alianza tenía por objetivo establecer unas relaciones de cooperación entre los tres países, que se convirtieron en cuatro con la escisión entre la República Checa y Eslovaquia. Favorables en principio a la integración en la UE, sus integrantes se han ido desplazando con los años hacia un euroescepticismo sui generis: mientras los millones de Bruselas los riegan con generosidad, se ufanan de ser “los chicos malos” de Europa, que rechazan desde políticas comunitarias como las relacionadas con la inmigración hasta algunos de los principios básicos de la unidad europea, como la igualdad de derechos y la separación de poderes. Húngaros y polacos lideran la defensa a ultranza del Estado-nación contra “el imperialismo de Bruselas”, aliñada con una ideología “iliberal” que bien podría calificarse de antidemocrática. Viktor Orbán y Jaroslaw Kaczynski son, sobre todo el primero, ídolos para los ultraderechistas de Europa occidental.

Vemos aquí que los cuatro de Visegrado son también miembros de la Iniciativa 3 Mares (I3M) y, en el caso de Polonia, país fundador de ambas alianzas. Hungría y la República Checa deberían ser, por tamaño y desarrollo económico, referentes de la I3M. Si el prestigio de polacos y húngaros se consolida dentro de la Iniciativa 3 Mares, no es descabellado temer que esta se articule en torno a los principios ideológicos de estos dos países, habida cuenta de que Croacia, Rumanía y las repúblicas bálticas no son precisamente baluartes del progresismo.

¿Quién gana con estas dos alianzas y con una posible conjunción de ambas? Miremos por un momento hacia el otro lado, hacia el Oeste, cruzando el Atlántico. Atrapados de lleno en la trampa de Tucídides, la hegemonía global les ha durado menos de 25 años a los antaño todopoderosos EEUU. Superados los tiempos de expansión fácil por el Este de Europa, humillados por Rusia en Oriente Medio y sobrepasados por China en lo económico, Estados Unidos no renuncia a extender sus tentáculos hasta las mismas fronteras de Rusia. El patrocinio del golpe de Estado en Ucrania en 2014 así lo prueba. Con la vuelta del eje angloatlántico que tanto daño hizo al mundo en 2003 más viable que nunca tras el Brexit, Trump –que bendijo la iniciativa augurando que “las naciones de los tres mares serán más fuertes que nunca”- se garantizaría tres cosas en el Este. Unos aliados fieles en lo ideológico, un cerco eficaz frente a la expansión de Rusia y su Unión Euroasiática, y un posible cortafuegos si a Europa Occidental le da por seguir los pasos de Italia y hacerle ojitos a la Ruta de la Seda que la conectaría comercialmente con China.

¿Y Alemania? Desde los tiempos del Sacro Imperio, los germanos siempre han mirado con un ojo al Este y otro al Oeste. Principal valedora de la expansión de la Unión Europea por el antiguo bloque socialista, a Alemania le interesa a priori todo lo que sea reforzar la posición de estos países. Sin embargo, la tendencia de algunos de ellos a ir por libre, sobre todo en derechos civiles –casos de Polonia y Hungría-, y una relación demasiado estrecha con Washington podría suponer una merma de la influencia teutona en el Este de Europa.

Hemos hablado de los beneficios para el neoimperialismo estadounidense. Pero la Iniciativa 3 Mares es también un triunfo para el neoliberalismo. La comunismofobia y unas elites políticas totalmente alineadas con los postulados de Von Hayek and Co. han convertido las tierras al Este del Danubio en un paraíso neoliberal. Paraíso para unos pocos, claro. La unión económica y, en algunos aspectos, política, de estos 12 países reforzaría las políticas de libre comercio, liquidación de la dimensión social del Estado y desregulación de la economía que rigen en la región. Quizás las veleidades proteccionistas de Orbán supongan un freno para las primeras, pero es arriesgado confiar en ello.

Otro factor que no se puede perder de vista es el alza de la extrema derecha en Europa del Este. En Polonia se concentraron 60.000 neonazis en una manifestación antiinmigración en el otoño de 2017 y sus dirigentes cultivan un ultracatolicismo contrario a los derechos de mujeres y personas LGTB. En Hungría manda Viktor Orbán, conocido por su fobia hacia los extranjeros, los sindicatos y la separación de poderes. En Rumanía se acaba de prohibir la difusión de “teorías sobre identidad de género” en las escuelas. En Croacia los nostálgicos de la Ustacha se cuentan por millares, incluyendo a cantantes y deportistas famosos. La cultura política del Este de Europa, normalmente desconocida y despreciada en Occidente, se mueve por unos parámetros ideológicos muy distintos a los nuestros. Tradición, autoritarismo, nostalgias imperiales y religión tienen un fuerte peso y, a la vez, casan muy bien con el revival ultraderechista. Podría afirmarse que los valores neofascistas son esencialmente contrarios a los de libertad, igualdad y solidaridad que inspiran, sobre el papel, las democracias occidentales desde hace un siglo. Pero para un ultranacionalista húngaro, es más fácil empatizar con un ferviente católico polaco o un furibundo anticomunista lituano que con los valores liberales de un francés o un finlandés.

Todo ello en un contexto de crisis de la Unión Europea, dividida entre la insolidaridad austericida de holandeses y escandinavos, por un lado, y la batalla de portugueses e italianos para que la recesión derivada de la pandemia del Covid-19 no la paguen los países del Sur, por el otro. Si la propuesta de un Fondo de Reconstrucción de 750.000 millones de euros, de los que sólo un tercio serían préstamos, impulsada por Alemania y Francia y apoyada por España y Polonia a día de hoy, sale adelante, podrían salvarse los muebles. Pero si las reformas exigidas y el cada día menguante papel europeo en el panorama internacional debilitan aún más a la UE, la posibilidad de que la Unión deje de ser atractiva para los países del Este se hará más real. A día de hoy, no existe una alternativa multilateral válida para esos países, pero esto puede cambiar si la Iniciativa 3 Mares va ganando enteros.

Si la UE llega a resquebrajarse por el Este como lo hizo con el Brexit por el Oeste, el panorama sería más desalentador que el actual si cabe. Una Unión debilitada, incapaz de encontrar su sitio en el mundo, y atenazada por dos bloques reaccionarios en lo político y ultraliberales en lo económico: el eje angloatlántico de Trump –o su pseudorrival Biden- y Boris Johnson a un lado, y una Iniciativa 3 Mares amparada por EEUU e inspirada por los principios antidemocráticos de la conexión Varsovia-Budapest al otro. Haremos bien en recordar, cuando las tijeras se cierran, qué le sucede a lo que está en medio.