La verdadera cara de los trabajadores de la cultura o la cara oculta más real de la ficción

27 de junio de 2020

Foto: fuente Valencia Plaza.

Trabajos invisibles de la cultura.

Mon (@tuittdelmon).-Llevo muchos años como trabajador cultural, soy tramoyista en teatro y toda mi vida laboral me he rodeado de expresiones magnificando mi oficio: ¡qué curro más guay! ¡conocerás muchos famosos!, te codeas con estrellas, fiestas, viajes, giras, zonas vips en garitos, ejem, ejem, bueno, alguna buena fiesta sí que hubo. Pero poca gente conoce la realidad de este sector. 

Es un oficio penoso, con jornadas interminables de trabajo: fines de semana y festivos, imposibilitando la conciliación familiar. A esto se suma la precariedad laboral instaurada: salarios en continua disminución desde 2008, feroz eventualidad, con contratos de días, semanas e incluso horas. Por no hablar de las horas nocturnas que hacemos bajo presión e infringiendo todas las leyes de salud y seguridad laboral. Con ello se devalúa la calidad del espectáculo, pero (sorpresa) nunca los beneficios de las grandes productoras teatrales, musicales, promotores de concierto o festivales. EL SHOW DEBE CONTINUAR.

Y todo este trabajo, penoso o no, con la emergencia sanitaria se fue al garete. Cerraron todos los teatros, se suspendieron todos los conciertos, se acabaron todas las giras. En esa coyuntura, el trabajador que tenía un contrato fijo pudo acogerse a un ERTE y cobrar alguna prestación, pero ¿y los demás?, la inmensa mayoría: los que no teníamos contratos de más de dos días, o los que éramos contratados por semanas, o los que se nos ha suspendido el trabajo de todo el próximo verano, pero que no habíamos firmado un contrato aún, ¿qué pasó con nosotros y nosotras? Pues nada, no existimos, ni para la administración, ni para los grandes empresarios y promotores, ni para los medios de comunicación, somos los y las trabajadoras invisibles de la cultura.

Para denunciar esta precaria situación del sector, el día 10 y 11 de abril, se programó el APAGÓN CULTURAL. Un modelo de protesta que consistía en no publicar contenidos culturales en Internet. Las redes de creadores artísticos, músicos, etcétera, se irían a negro esas 48 horas. Esta protesta que nació desde colectivos y sindicatos de músicos, principalmente, fue absorbida por sindicatos gremiales de actores, que aun llegando los últimos a la convocatoria, decidieron suspender unilateralmente la protesta, dejando al resto de creadores culturales y trabajadores vendidos.

El Ministerio de Cultura y el gobierno se reunió con las caras visibles del sector, es decir, la industria cultural y sindicatos sectoriales que están liderados casualmente por la misma patronal, ya que muchos actores o actrices también son productores. Esto significa que en la mesa de negociación sólo había empresarios. Por lo tanto, la reunión y negociación con el Ministerio se realizó con interlocutores que solo defienden a una minúscula fracción del sector, sin la presencia de los agentes necesarios, negándose a reunirse con las trabajadoras precarias y con los sindicatos donde estos trabajadores están organizados. La industria devoradora de subvenciones millonarias de entidades públicas volvía a defender sus intereses, olvidándose, una vez más, de la gran mayoría trabajadores y trabajadoras invisibilizados de la cultura. 

Más tarde, el 6 de mayo, el Gobierno publicó el Real Decreto-ley 17/2020, de 5 de mayo, en el que se aprobaron medidas extraordinarias para apoyar al sector cultural, o eso decían los grandes titulares. Estas medidas principalmente consistían en inyectar subvenciones millonarias para la industria del espectáculo y cultural; además de una prestación extraordinaria por desempleo para los trabajadores culturales, que por su intermitencia no habrían quedado amparados por los mecanismos de cobertura establecidos hasta la fecha. Pero la verdad, estas medidas solo afectan a los trabajadores culturales que son creadores y artistas. Se deja sin prestación al 90 % del Sector cultural, que, aun sufriendo la misma intermitencia, no pueden optar a las ayudas. Se olvidan de la parte históricamente invisible de la cultura, todo tipo de personal técnico, taquilleras, acomodadores, regidores, etc. 

Desde el ministerio de cultura han demostrado el gran desconocimiento del sector, la prestación no acoge a la gran mayoría de los y las trabajadoras. Por cada artista que puede acogerse a esta prestación, existen un gran número de trabajadores detrás de las cámaras, desde quien les peina o viste a quien afina sus instrumentos, monta sus decorados, ilumina y sonoriza sus espectáculos o vende y corta las entradas. Estos trabajadores tienen la misma intermitencia laboral que las caras visibles, menos reconocimiento y toda la invisibilidad del sector

La industria cultural nunca va a defender los derechos de los trabajadores poco mediáticos, no nos quieren organizados, y cuanto más desesperados y empobrecidos estemos, peores condiciones podremos aceptar. En un mundo con tanta eventualidad, con tanto falso autónomo, las grandes centrales sindicales ni están ni se les espera. No es un oficio mediático, no hay comités de empresa, no van a recibir subvenciones millonarias. 

Visibilizar lo invisible. O cómo romper con la precariedad cultural.

En este contexto, parece claro que solo los trabajadores organizados en sindicatos de clase podrán luchar por mejoras sus penosas condiciones, tanto en la cultura como en cualquier sector. 

Por un lado, las Asociaciones Profesionales no tienen mucho sentido, y durante esta última crisis que vivimos han salido decenas de ellas a relucir, disgregando más la lucha, y reclamando solo pensando en sus intereses, muchas de ellas lideradas por empresarios. Se olvidan de que la señora de la limpieza o el taquillero también puede ser trabajadores intermitentes con menos derechos si cabe. Las Asociaciones Profesionales, no tiene poder de lucha que puede tener un sindicato, la organización de una huelga se complica, y la negociación de un convenio o un acuerdo se imposibilita.

Por otro lado, la creación de un sindicato profesional, que solo englobe a un sector, podría considerarse dividir más a la clase obrera. Siempre será más eficiente hacer una lucha en la que colaboren las taquilleras o las de limpieza, que solo los técnicos de sonido. A la hora de hacer un piquete, si englobas a un sindicato en ese piquete, podrían acudir los carpinteros o ¿profesores?, porque quizás el resto de los técnicos de iluminación puedan estar trabajando y no puedan acudir. Además, la creación de un sindicato no es baladí, fundar una organización sindical puede absorber todas las fuerzas de la militancia; y, en el momento de empezar a luchar y reivindicar las demandas del sector, estar ya exhausto por la burocracia necesaria para crearlo. En un sindicato ya formado, los pasos hasta conseguir un CIF ya están resueltos, además de contar con cosas indispensables como estatutos, locales, asistencia laboral y jurídica, más el rodaje de años de lucha y la solidaridad de miles de compañeros.

En definitiva, debemos estar organizados colectivamente para conseguir avances, mejoras y cambios estructurales, en organizaciones multidisciplinarias y combativas. En Madrid los trabajadores y trabajadoras de la cultura nos estamos organizando en torno a sindicatos de base y combativos. En CNT hay trabajadores de artes escénicas, músicas, técnicos, el personal de sala, taquilleras y acomodadores, actores y actrices, compositoras, iluminadores, sastras y regidores, carga y descarga, auxiliares, tramoyistas, sonidistas y figurantes. Y nuestra actividad sindical está más viva que nunca, en muchas series de TV, en teatros públicos y privados, en compañías de teatro, en la formación que impartimos.  

Tal vez suene reiterativo y cansino, pero solo los trabajadores organizados y combativos podremos sobreponernos a la crisis que se avecina. Y visibilizar lo que quieren hacer invisible.

Mon (@tuittdelmon) es activista de CNT Madrid.