Militancia y salud mental

7 de abril de 2021

En las últimas semanas han tenido lugar varias sesiones de control en el Congreso de los Diputados en las cuales varios grupos parlamentarios han intervenido tratando de poner de manifiesto la necesidad de dotar de más y mejores recursos a la atención de la salud mental, lo cual conlleva una actualización de la Estrategia en Salud Mental del Sistema Nacional de Salud. Sin embargo, esto no es nuevo, desde hace años numerosas asociaciones de salud mental, sindicatos sanitarios, colegios profesionales de psicólogos y una parte importante de la sociedad, vienen reclamando una fuerte inversión pública en el sector de la salud mental.

En la actualidad, cada vez son más las personas que sufren problemas de ansiedad, depresión, estrés postraumático, insomnio o duelo patológico, entre otros muchos. Esto es tan habitual en nuestro entorno más cercano que lo hemos normalizado por completo. Del mismo modo, también nos hemos acostumbrado a la ingesta diaria de ansiolíticos, antidepresivos, hipnóticos o sedantes para poder llevar una vida lo más natural posible y seguir siendo seres funcionales para este sistema. La medicalización de nuestras vidas es consecuencia de la falta de recursos en este ámbito, se trata de una respuesta rápida y eficaz por parte del Estado que se traduce en que no puede prestarte la atención psicológica que requieres de manera inmediata y, por lo tanto, te propone medicarte como única alternativa. En este aspecto, también es importante destacar que intentan individualizar nuestras patologías a pesar de que estas son comunes en muchas personas ya que responden a problemas estructurales. Por ello, es esencial que afrontemos este problema de salud pública de manera colectiva.

Generalmente, no es fácil que una persona que sufre una enfermedad mental pida ayuda profesional. En primer lugar, debe ser consciente de ello para lo cual los síntomas tienen que ser más que evidentes. Además, en muchos casos, hasta que la persona no se encuentra en una situación límite se niega a reconocer que tiene un problema y que necesita asistencia psicológica y/o psiquiátrica. Y, en segundo lugar, tiene que superar el estigma social que existe al respecto. Sin embargo, cuando logran hacerlo, se encuentran con un sistema sanitario totalmente colapsado que les cierra las puertas por completo y que lo único que puede ofrecerles es una cita con la psicóloga para dentro de tres meses y una receta médica que incluye ansiolíticos y antidepresivos.

Esta situación se ha agravado durante el último año debido a la pandemia de Covid-19, el confinamiento domiciliario, las restricciones sanitarias y los problemas socioeconómicos que todo ello ha provocado en muchas familias de nuestro país. Esto no significa que antes no existiera un gran número de personas que sufrieran problemas de salud mental y que los recursos públicos no fueran escasos, sino que la demanda de este tipo de atención ha aumentado considerablemente desde el comienzo de esta crisis sanitaria y el estado de las personas que ya padecían una enfermedad mental con anterioridad ha empeorado.

Por desgracia, la salud mental sigue siendo un tema tabú en nuestra sociedad hoy en día. Esta se define como un estado de bienestar emocional, psicológico y social que afecta a nuestra forma de pensar, sentir y actuar. Nadie quiere hablar sobre ello a pesar de que afecta a una gran parte de la población. Si no se nombra parece que no existe, se trata de una realidad completamente invisible a los ojos de nuestra sociedad. Las personas que sufren algún tipo de trastorno tienden a ocultarlo, sienten vergüenza, están acostumbradas a llevar consigo mismas un estigma y tienen miedo de que se les tome por “locas” al creer que la forma en la que piensan o sienten no es normal. Al mismo tiempo, el resto de personas no les acepta, les ve muy vulnerables y generan toda una serie de pensamientos negativos sobre ellas y lo que les rodea. Sin duda, el hecho de que este tema haya saltado al debate público puede ayudar a que se reduzca el estigma social que existe sobre él y las personas que sufren este tipo de patologías puedan hablar libremente de ello sin miedo alguno a ser juzgadas.

En el mundo de la militancia no es diferente. Rara vez escuchamos hablar públicamente a un compañero o compañera de la organización en la que participamos acerca de cómo se siente con respecto al rol que desempeña en la misma y a las tareas que realiza, especialmente si los sentimientos que le generan son negativos. Esto es así porque, en gran parte, militar significar trabajar junto a otras personas para tratar de afrontar de manera colectiva problemas estructurales que nos afectan a todas y el hecho de que en algún momento podamos poner encima de la mesa cómo nos sentimos por delante del objetivo común por el que trabajamos, puede hacernos sentir egoístas y extremadamente individualistas. Sin embargo, esto no es cierto. Poder expresar en una asamblea cómo nos encontramos y qué sentimos a título individual permite crear un análisis colectivo enriquecedor para todas y afrontar el problema de manera colectiva. En este aspecto, debemos asumir que no somos autosuficientes, no somos capaces de todo por nosotras mismas. En cierto modo, somos vulnerables, frágiles y dependientes. Como militantes nos cuesta aceptar esto, nos encanta ayudar al resto, pero nos cuesta mucho pedir ayuda. Es necesario que en nuestras organizaciones encontremos el punto medio entre lo que quiere cada integrante y las necesidades y deseos del colectivo.

A simple vista no contemplamos en ningún momento que nuestra militancia pueda suponer un riesgo para nuestra salud mental e incluso, como consecuencia de esta, para nuestra salud física. Es algo que ignoramos por completo en nuestra actividad militante diaria y rutinaria. No es menos cierto que cada una lo vive y lo siente a su manera, todo ello depende de nuestra forma de ser, de cómo nos afecten las problemáticas que tratamos de abordar y de la disponibilidad que tengamos o, mejor dicho, queramos tener. Es imprescindible que ampliemos nuestro horizonte y veamos los riesgos que conlleva la militancia más allá de la represión.

El principal problema viene cuando el reparto de las tareas y el volumen de trabajo no es equitativo entre las integrantes de un colectivo, lo más equitativo dentro de las posibilidades de cada una. Cuando esto no es así, que es lo habitual, el peso de la actividad de una organización recae sobre un número muy reducido de personas y es entonces cuando lo colectivo se encarna en sujetos individuales. Como consecuencia, la militancia se limita a la acción en solitario de unas pocas entregadas. Esto supone el principio del fin.

Las personas a las que se les presupone ese papel tan determinante dentro de una organización tienen un constante sentimiento de responsabilidad que les impide por completo llevar una vida normal, ya que esta se encuentra totalmente condicionada por su militancia. De un modo u otro se les impone ese rol dentro de su colectivo y del entorno que le rodea. La mochila que llevan a la espalda pesa y mucho, sienten la obligación no deseada de soportar todo el peso de la actividad política del espacio donde militan. Aunque no quieran, no les queda otra que asimilarlo porque el resto ya lo ha hecho. Con el paso del tiempo, van asumiendo con naturalidad las demandas de la gente y las van convirtiendo en autoexigencia.

Tras el mantra de la vocación, nos encontramos con personas totalmente explotadas tanto por ellas mismas como por el resto. El personaje invencible e incasable que se ha creado en torno a ellas ha terminado por comerse a la persona. Ellas pueden con todo, ellas harán lo que hay que hacer, ellas se encargan de todo, como siempre. No importa cómo se encuentren ni qué es lo que necesitan, su sensibilidad y su estado de salud importan más bien poco. Son personas a quienes se les trata como auténticas máquinas, son un medio y no un fin en sí mismo. Este es el punto de deshumanización al que se ha llegado en muchos espacios de militancia.

Ser la cara visible de un colectivo entraña de todo menos afán de protagonismo, liderazgo o estrellismo. Más bien es todo lo contrario, la sobrexposición conlleva más represión, más responsabilidad y más estrés. No son simples rostros, son personas y el hecho de que siempre veas a las mismas organizando movilizaciones, actos o eventos de cualquier tipo, tiene un alto precio para ellas. La mayoría de las personas entran y salen de los espacios de militancia con cierta asiduidad, son muy pocas las que se mantienen en ellos firmes y consecuentes con el paso del tiempo. Aunque no tiene por qué ser así, estas suelen ser las más inconscientes, las que no saben parar y las que ponen en riesgo su salud por tratar de abarcar lo inabarcable.

Llega un momento en el que no puedes más, en gran parte eres consciente de ello porque sufres los síntomas e incluso lo llegas a exteriorizar. Sabes que no estás bien, que por dentro te está destrozando, te está deshaciendo poco a poco y, sobre todo, está haciendo que te pierdas a ti mismo. Sin embargo, llegamos a restarle importancia creyendo que es algo pasajero, en un momento de mucha actividad política, pero nos equivocamos. La voluntad es más fuerte que nuestro cuerpo, eso nos permite continuar, aunque realmente nos estemos haciendo añicos. En esos momentos estás tan obsesionada y enganchada a la militancia que te niegas a rendirte, a ver la realidad y a contársela a las demás. Sabes y has comprobado de primera mano que si tú no lo haces nadie lo hará, hay mucha gente que depende de ti y no puedes parar. Esto te impide por completo decidir libremente lo que te gustaría o no hacer. Por lo tanto, continuas hacia adelante. Sigues y sigues, sin mirar atrás. No hay tiempo para celebrar ni valorar lo que has conseguido hasta la fecha, lo importante es lo próximo, lo que viene. Actúas por inercia. No hay descanso porque no hay suficientes manos para hacer todo lo que la gente demanda y espera de tu organización, si paras no podrás satisfacerles. No reaccionar a ello te resulta imposible. Eres incapaz de poner límites y de priorizar una cosa con respecto a otra, tratas de llegar a todo y a todas. No puedes pensar en otra cosa, desde que te levantas hasta que te acuestas. Es imposible que logres desconectar del entorno asfixiante que te rodea. No hay tiempo para pensar en ti ni en las consecuencias que todo ello puede tener para tu salud. Lo único que te preocupa en ese instante es poderle fallar a aquellas personas que se benefician de las recogidas solidarias de alimentos, juguetes o ropa y de los stop desahucios que se organizan desde el colectivo en el que participas. La presión y la responsabilidad que sientes es tan grande que no puedes imaginar otra realidad.

En este aspecto, influye y mucho el hecho de que a medida que nos adentramos y acercamos a la realidad social que viven cientos de familias de nuestro barrio o ciudad, comenzamos a ser realmente conscientes de lo difícil que es transformarla. Del mismo modo, también vemos como dependen de la actividad de colectivos como en el que participamos como consecuencia del enorme abandono institucional que sufren.

Además, a todo esto, habría que sumarle ese perfeccionismo innato que tienen todas las personas que dedican toda su vida a una causa concreta. En gran parte es comprensible, si invertimos mucho tiempo en algo queremos que salga lo mejor posible. Sin embargo, la realidad es bien distinta y en la práctica entran en juego muchos factores que no podemos controlar. En la militancia, debemos tomar conciencia de nuestras limitaciones y aceptar el fracaso de la mejor manera posible cuando no conseguimos aquello que buscamos con nuestras acciones y nuestro mensaje no llega a la gente de a pie. Es necesario que hablemos con total naturalidad del fracaso para poder evaluar el trabajo realizado, encontrar los posibles errores, buscar alternativas y ejecutarlas. De nada sirve caer en frustraciones cotidianas, eso significaría centrar nuestra atención en el pasado, sin mirar de frente a lo que viene.

Todo ello tiene unas consecuencias psicológicas y anímicas terribles para estas personas, tales como trastornos de depresión, episodios de ansiedad, estrés o aislamiento. Otros síntomas muy frecuentes del desgaste de la militancia son: la irritabilidad, la falta de apetito, problemas estomacales, la pérdida del cuero cabelludo, la falta de energía, el insomnio, la inseguridad, el miedo o el agotamiento y el malestar emocional. Toda esta serie de patologías tienen unos efectos muy negativos en la salud y el bienestar de las personas que las sufren, así como pueden conducir a que se desarrollen una serie de comportamientos nocivos dentro de la militancia.

Como toda dinámica insana, no es fácil salir de ella. Es un proceso doloroso en el cual te invaden los sentimientos de culpabilidad, remordimiento e irresponsabilidad. Esto supone cambiar por completo la que hasta ahora había sido tu forma de vida, dejando a un lado aquello a lo que le has dedicado tanto tiempo y esfuerzo. En muchos casos tienes que vivir una experiencia realmente dramática que suponga un punto de inflexión para ti y te haga ser consciente de que tienes un problema con respecto a la militancia que está afectando a tu estado de salud. Lo quieras o no, llega un momento en el que los síntomas son tan evidentes que no te queda otra que asumir la realidad. La enfermedad te saca a la fuerza de la militancia, no vuelve a ser igual y, en gran parte, esto es muy sano. Es entonces cuando, desde fuera, descubres que estás enfermo y que necesitas ayuda profesional, mediante la cual comienzas a ponerle nombre a todo lo que has vivido anteriormente: ansiedad, estrés y/o depresión.

Por otro lado, es importante destacar que una gran parte de los espacios politizados están conformados por personas jóvenes. Esto empeora aún más el problema si tenemos en cuenta cuál es la situación actual de las jóvenes en España: sin expectativas de futuro, totalmente desesperanzadas y desanimadas. Sufrimos en nuestras propias carnes la precariedad laboral y el alto precio de la vivienda, entre otras muchas problemáticas. Además, a esto habría que sumarle el estrés y el agobio constante que provoca estudiar, trabajar y militar a la vez, como nos vemos obligadas muchas de ellas. Estudiar para tratar de mejorar nuestro estatus quo, trabajar para pagarnos los estudios o afrontar los gastos represivos de nuestra actividad política y militar para luchar por cambiar todo lo anterior. Esto último tiene graves consecuencias para su salud mental, no sólo porque nos hace vivir en un bucle asfixiante sino porque nos deja sin apenas tiempo de ocio, en el cual poder desconectar de la realidad que nos rodea, cuidar de nosotras mismas y descansar.

Tal y como yo entiendo la militancia, esta significa implicación, compromiso, sacrificio y apoyo mutuo. Por el contrario, la falta de sensibilidad, empatía, compañerismo o compasión, se encuentran a la orden del día en nuestros espacios de militancia. Es algo a lo que algunas denominamos “decepción militante”. Al principio cuesta hacerse a ello, es duro y decepciona mucho. Desgraciadamente, con el paso del tiempo, te acabas acostumbrando, lo normalizas y ni si quiera duele ni sorprende. Además, la mayoría de las personas entran y salen de los espacios militantes, son muy pocas las que se mantienen firmes y consecuentes en ellos con el paso del tiempo. Es desesperante ver y sentir cómo te esfuerzas al máximo y te entregas en cuerpo y alma a una causa, mientras que el resto de tus compañeras y compañeros son incapaces de echarte un cable o de preguntarte cómo estás o qué es lo que necesitas, aun siendo perfectamente conscientes del desgaste que llevas acumulado. La falta de empatía colectiva no debe tener cabida en nuestra lucha, eso tarde o temprano supondría el fin de la misma.

Para evitar todo esto, es imprescindible que desde el primer momento que pongamos en marcha una organización creemos un buen clima interno y exista una comunicación fluida y efectiva entre todas las integrantes, y que haya una distribución de los cuidados. Es igual de importante escuchar que ser escuchada. El colectivo debe ser un espacio de confianza y seguridad en el cual cada una pueda expresar libremente cómo se siente y qué es lo que necesita en cada momento.  Es necesario que en nuestros espacios de militancia reservemos un tiempo para poder hablar de todo ello y afrontar los problemas individuales que puedan surgir a raíz de la militancia de manera colectiva. Cada una debe ser honesta y sincera con respecto al compromiso y el rol que está dispuesta a asumir. En consecuencia, como ya he dicho anteriormente, el reparto de las tareas y el volumen de trabajo debe ser lo más equitativo posible. Además, es necesario que seamos realistas con nosotras mismas, tomando conciencia de nuestras limitaciones, fijando metas alcanzables y tratando de abarcar sólo aquello para lo que tenemos fuerzas. Cuidarnos colectivamente en una organización política es clave para poder afrontar de la mejor manera posible el inevitable desgaste que conlleva la militancia. Esto cobra aún más importancia si tenemos en cuenta el privilegio de clase que supone poder costearte una psicóloga privada. En definitiva, no se trata de otra cosa que de que pongamos en práctica con nuestros compañeros y compañeras la solidaridad y el apoyo mutuo que tanto predicamos.

Tal vez a mucha gente todo esto le pille muy lejos depende mucho de la organización en la que milites, de su actividad y del contexto que la rodee. Sin embargo, sé que no soy un caso aislado y que habrá personas que se sientan identificadas con mis palabras. Yo hablo desde la experiencia, desde la más dura experiencia. Ojalá pudiera haber tenido conocimiento de las consecuencias psicológicas y físicas que puede provocar la militancia activa, ojalá pudiera haber sido consciente de los síntomas que hacían indicar que tenía un grave problema de salud mental, ojalá pudiera haber tenido la capacidad de decir basta antes de que la situación fuera irreversible, ojalá alguien me hubiera advertido de todo ello y ojalá hubiera estado preparado para asumir este golpe de realidad. Aunque para mí ya sea demasiado tarde, es una lección que he aprendido. Desde estas líneas sólo puedo recomendar al resto que, si en algún momento sienten que no pueden más, no traten de continuar a toda costa, sino que paren, piensen, recapaciten, lo expresen, pidan ayuda e incluso se tomen un tiempo para recuperarse. En ese preciso momento es imprescindible que actuemos con responsabilidad con respecto a nosotras mismas y antepongamos nuestra salud física y mental por encima de cualquier otra cosa.

Lo que cuento es una realidad, ha pasado, está pasando y si nada ni nadie lo evita, seguirá pasando en muchas organizaciones políticas. De nosotras depende que nuestros espacios de militancia cada vez estén menos psicologizados y medicalizados, para lo cual debemos afrontar de manera colectiva los problemas individuales, tanto los que se originan a raíz de nuestra militancia como los que responden a causas estructurales. Para ello, como para casi todo en la vida, es necesario que creemos fuertes vínculos comunitarios.

Jorge Sánchez Martín