Contagiarse o vivir. El peligroso horizonte de la ciudad post-COVID

9 de septiembre de 2020
parque infantil en llamas

Es una crítica a los urbanistas gurús que hablan de la ciudad post-COVID sin decir nada nuevo.

Mientras escribo suena “Ndéleng, ndéleng” de la Orchestra Babobab. La foto es de un parque, en el que jugaba de crío, en llamas. Un «polígono de viviendas» de Alcorcón con muchas carencias y mucha gente buena y digna.

El rebrote de COVID-19 que está sufriendo nuestro país en este final de verano se está ensañando con algunos de los barrios y pueblos más humildes de nuestra región.

Según el informe diario de situación que emite la Comunidad de Madrid en su web (hemos tomado como referencia el del 31 de agosto), la tasa de incidencia acumulada durante las dos últimas semanas se dispara en los distritos de Usera, Villaverde, Carabanchel y el Puente de Vallecas, así como en algunos municipios del cinturón sur como Parla y Fuenlabrada. Casualmente, estos distritos y municipios son algunos de los que menor renta per cápita tienen de toda la Comunidad.

Como ya se comentó en algunos medios de comunicación durante la “primera ola”, esta correlación no es casual. Es evidente que, cuando se trata de una enfermedad altamente contagiosa, las cuestiones urbanísticas, arquitectónicas y de clase, influyen. En estos barrios la densidad de población aumenta, ya que las familias suelen tener más miembros (se comparte vivienda, no hay recursos para residencias de mayores, la natalidad es más alta, …) pero se vive en viviendas más pequeñas y en bloques de pisos con mayor número de vecinos y menor superficie de zonas verdes.

Está claro que, una familia que reside en un chalet, tiene mucho más fácil aislar a un miembro contagiado. No sólo porque, al vivir en una vivienda más grande puedan disponer espacios exclusivos para esta persona, sino que además se evita el contacto con el vecino en un portal, ascensor o escalera. Otro aspecto clave es que, por norma general, los trabajos que desarrollan los habitantes de una urbanización de chalets son más fáciles de adaptar al teletrabajo que los que se realizan en un barrio humilde, que suelen ser de corte más manual. Por no hablar, además, de la diferencia que hay de exposición ante otras personas, al desplazarse al trabajo en un medio privado o hacerlo en uno público. Teniendo en cuenta todos estos datos parece lógico deducir que hay un modelo de vivienda y de ciudad que favorece más la transmisión que otro.

A raíz de esta crisis que está cambiando nuestro modelo de vida, ha surgido la inevitable pregunta dentro del gremio de los “expertos de las ciudades”: ¿Cómo van a ser las ciudades tras la pandemia?

El origen del modelo de la ciudad moderna

Desde hace ya varios siglos, el urbanismo trata de implantar de antemano un modelo de ciudad y de vivienda concreto, evitando así la auto edificación y el crecimiento sin ningún tipo de control. Esta “forma de la ciudad” (el cómo se distribuye y el cómo se construye) surge, generalmente, a través de una imposición política o de poder, pero a la vez respaldada por alguna teoría predefinida por los técnicos la diseñan. Sin embargo, durante las últimas décadas, los teóricos y estudiosos de la arquitectura y el urbanismo han seguido un camino divergente con respecto a la aplicación práctica de las ciudades.

Por poner en contexto, tras la Segunda Guerra Mundial gran parte de Europa quedó arrasada y era necesario reconstruirla. A la hora de hacerlo se pusieron en práctica los principios del urbanismo moderno reflejados en la Carta de Atenas, ideada en el IV Congreso Internacional de Arquitectura Moderna (CIAM) del año 1933. Estos principios, de corte higienista, buscaban superar la insalubridad de la hacinada y contaminada ciudad industrial. Sin embargo, a la hora de construir, se aplicaron con bastante mala fortuna.

La intención de los técnicos era buena, pero La Carta de Atenas escondía, en sí misma, un principio envenenado, la disolución de la calle como concepto. Todos hemos visto algún “polígono de viviendas”, con bloques en altura, con soportales en toda la planta de acceso, alejados del tráfico rodado por algún parterre verde inaccesible. Espacios que, generalmente, son muy proclive a ser unos nidos de delincuencia por su enorme dispersión y su falta de vigilancia. A este hecho hay que añadir muchos errores provenientes de una mala ejecución, causada principalmente por la codicia de políticos y promotores, además de la total falta participación de los futuros residentes en el proceso de construcción de sus viviendas y su ciudad.

Este modelo, que se practicó durante décadas, sufrió una revisión inicial a nivel teórico en los años 60 (curiosamente, la crítica vino más de parte de sociólogos y personas de las disciplinas sociales que del mundo de la arquitectura y del urbanismo). Se observó que “la calle”, en el sentido tradicional del término como vía acotada por edificaciones a los lados, funcionaba mejor y “gustaba más”. En la calle tradicional se mezclaban usos comerciales, pequeños talleres e industrias no contaminantes en las partes bajas de las viviendas, lo que contradecía uno de los principios de la Carta de Atenas, la segregación de barrios y distritos por usos (algo que se enunció para que ciertas actividades como la industria pesada, contaminante y ruidosa, se alejaran de las viviendas pero que, a cambio, empobrecía la ciudad para el resto de actividades).

Esta mezcla de usos se traducía en un barrio con más “vida”, ya que hay más actividad a lo largo de todas las horas del día. Adicionalmente, la densidad media y el arraigo tanto de la población residente como de la trabajadora en un sitio estático, confería mayor seguridad al conjunto. Si entraba al barrio alguien desconocido, los vecinos no tardaban en avisarse entre sí para estar advertidos. Eso era algo imposible en la ciudad “moderna dispersa”.

Hubo otros modelos, para otras clases sociales, que se amparaban también en el concepto de dispersión. La ciudad jardín y las urbanizaciones al estilo anglosajón son un buen ejemplo de ello. También hay que mencionar otro ejemplo como es el modelo urbanístico que hemos sufrido en el último “boom inmobiliario” en nuestro país, los llamados PAUs (como las Tablas, Sanchinarro o los ensanches de las ciudades dormitorio del cinturón sur de Madrid). Estos barrios suponen una especie de actualización de la ciudad dispersa. Bloques que encierran jardines y piscina, encuadrados en calles sin apenas comercios, con aceras, calzadas y rotondas desproporcionadamente grandes y un enorme problema de escala para el ciudadano. En este modelo se observa como la ciudad acaba siendo un “erial” donde los vecinos viven en un pequeño oasis, que es su urbanización, de la que sólo salen para ir en coche a un lejano centro comercial. No hay nada que hacer entre un sitio y otro. Las urbanizaciones de clase alta llevan esta problemática hasta límites dantescos, ocupando una enorme cantidad de superficie para muy poca gente que no puede hacer nada sin usar su vehículo privado.

Los arquitectos y urbanistas, finalmente, cambiaron de parecer y las voces más expertas llevan ya varias décadas criticando todos estos modelos dispersos. La sensibilización y la lucha contra el cambio climático ha acabado por darles la razón. Una ciudad más compacta es una ciudad más ecológica (se consume menos suelo natural e infraestructuras), que funciona mejor y que mejora la vida de los ciudadanos. La mayor densidad permite que se reducan las distancias al trabajo, se haga más vida en comunidad, permiten los paseos en bicicleta o caminando, es más segura, evita la dependencia del coche, favorece el comercio de proximidad, …

Por desgracia, no ha habido iniciativas en nuestro país de ciudades o barrios nuevos que apuesten por este modelo. Y lo que es peor, en el imaginario colectivo el barrio o la ciudad nueva y deseable es la dispersa, la del chalet y la de la urbanización, en la que cuando menos se mezcle uno con la gente, mejor. El enorme dominio de la cultura anglosajona, con sus modelos de vida y de ciudad, ha calado hondo en nuestro país, donde su aplicación es inviable por “paisaje” y por “paisanaje”.

Por añadido, en el 2020, a la ciudad compacta (y, por ende, más densa) propuesta por los nuevos técnicos le ha surgido un nuevo “adversario”, la COVID-19. A la vista está que su incidencia es mayor en los barrios más densos.

La ciudad contagiosa

El pasado 20 de agosto, el expresidente del Colegio de Arquitectos de Madrid y urbanista Jose María Ezquiaga defendía en su cuenta de Twitter que “Hay razones de largo aliento que aconsejan seguir defendiendo el modelo de ciudad mediterránea: densa, continua y compacta. La intensidad de la interacción social estimula la innovación y la creación en las esferas económica, científica y cultural.”. Equipos de urbanistas y perfiles similares han defendido ante esta crisis los mismos postulados. Se ha corroborado la ventaja de la ciudad próxima, en la que los usos convergen en el mismo contexto y donde la gente puede ir a trabajar andando o en bicicleta como alternativa a atascos en carreteras o medios de transporte públicos saturados. Esto se traduce en una mejor calidad de vida en cuanto al ruido, el aire, el medioambiente, las actividades económicas a pie de calle y los lazos sociales comunitarios; que ahora, además, se han demostrado más útiles que nunca para muchas personas y familias.

Sin embargo, corremos el riesgo de que “la histeria colectiva” vaya más rápido que la razón y que se actúe en una dirección completamente opuesta. Por ejemplo, en los últimos meses se ha puesto muy en valor en los medios de comunicación la recuperación de “la vida en el campo”, que gracias al teletrabajo se convierte en una arcadia que además puede ser una salvación para una “España Vacía” que, tristemente, lleva décadas agonizando. Tener la opción de dispersarnos en el territorio puede valer, temporalmente, para España, pero no es una opción a nivel global, en especial en países menos desarrollados donde el territorio no está tan “antropizado” y dispersarse supone la invasión de otros ecosistemas. No nos olvidemos que la COVID-19 parece que tiene su origen en animales salvajes y que numerosos expertos en medicina y biología señalan el peligro que la destrucción de los ecosistemas tiene en la aparición de nuevas enfermedades y pandemias.

Está claro que hace falta repensar nuestras ciudades como una solución estable. Pero no hay que dejarse engañar con una idea de ciudad que nos puede parecer desagradable de primeras. Las ciudades compactas que conocemos no son las que el urbanismo moderno propone. Hace falta practicar una densidad media, evitando a la vez el hacinamiento y la dispersión. Las viviendas han de tener unas dimensiones que favorezcan la vida digna, así como aceras con un ancho suficiente y zonas verdes en abundancia. Esto es algo que normalmente no se ha aplicado en estas ciudades “densas tradicionales”, pero tampoco cuando se ha puesto en práctica la ciudad dispersa de la Carta de Atenas. Al final, a la hora de ejecutar estas ciudades, no sólo se tuvo en cuenta la base teórica propuesta por los técnicos, sino que, principalmente, predominó el interés económico de los promotores. De las teorías de la ciudad dispersa incorporaron únicamente aquellos elementos que le convenían o le interesaban. Nada como un intento de “utopía” elaborado por los poderes imperantes. Por eso, en modelos de ciudades dispersas, al final se lograban otras densidades indeseadas, como ocurre en los barrios que hemos citado al principio.

No obstante, al menos hace 60 años, estos nuevos barrios y promociones públicas hacían el “amago”, de ir en busca de un nuevo modelo con una base que imperaba en el mundo académico; aunque el resultado acabase siendo erróneo por circunstancias inherentes y ajenas. Pero desde los años noventa, pese a la “reculación” de los técnicos, el urbanismo práctico de nuestro país ha seguido una senda puramente comercial, intentando imitar modelos anglosajones de vivienda y ciudad incompatibles, por espacio, escala y modelo de vida. Al final, estos trampantojos en los que muchos vivimos constituyen un fracaso anunciado al haber convertido la vivienda en un bien de consumo más.

Resulta, por tanto, un poco “naif” que tantos expertos y académicos sigan apostando por un modelo que ya no se ejecutaba antes, cuando, tras la pandemia, se está reforzando la idea de que la dispersión es no ya sólo lo deseable, sino también lo seguro. Es, por tanto, necesaria una línea de acción más concreta y definida de la propuesta, para que no se pierda únicamente en buenas intenciones. Aunque en sí misma albergue espacios para la flexibilidad, los técnicos no se pueden autoengañarnos en propuestas con “renders” y “dibujos” en los que, artificialmente, se incorpora todo lo habido y por haber, con “grandes masas de población” para que parezca que el espacio se va a usar siempre, emulando a un anteproyecto comercial de un exitoso centro comercial nuevo. Mientras los técnicos se pierden en un mar de inconcreción en el que todo cabe, las ciudades siguen haciéndose con otros parámetros, incluso en los más abiertos “ayuntamientos del cambio”.

Esta labor de acotar objetivos más claros (no de manera dogmática, para no caer en viejos demonios), tiene que venir acompañada de un imaginario potente que refuerce su deseabilidad entre la población. No hay que hacerlo por adoptar una postura arrogante de estar “por encima de la población” como históricamente han hecho los arquitectos, señalando que “la gente no sabe lo que quiere” o “lo que es mejor para ellos”. La gente suele saber bastante bien lo que quiere, el problema es que no conoce otros referentes, y como es lógico en nuestra condición humana, intentamos ir a lo seguro. Lo que desde luego no se puede hacer es imponer un modelo, por muy noble y beneficioso que pretenda ser, a espaldas de quienes lo van a habitar. Si los ciudadanos no deciden, su barrio está condenado a la desvinculación y al fracaso.

Pero de momento, ¿qué hacemos con Usera? Es muy probable que, en los próximos años, el número de nuevos barrios y ciudades vaya disminuyendo. Y aunque logremos implantar nuevos modelos urbanísticos compactos, más sanos y de proximidad en estos, es necesario que incluyamos en el “nuevo hacer” un camino para lo que hay ya hecho, que en el caso de nuestro país es, además, excesivo. Sorprende que el urbanismo académico de nuestro país no haya puesto sobre la mesa un modelo para lo que ya hay hecho (sólo se han realizado, tímidamente, labores de crítica y diagnóstico, como los chicos de Nación Rotonda).

Existen decenas de barrios sin hacer, aceras sin edificios, chalets a medias y pueblos abandonados. Mientras tanto, otros barrios están saturados, y por ello tienen mayor incidencia de COVID-19. Hay que perderle el miedo, por parte de técnicos y administraciones, a las operaciones de sutura complejas, estudiadas al detalle y acordadas entre todos. Teniendo en cuenta que, para este o cualquier modelo, el camino siempre va a ser de ida y vuelta. Nunca vamos a encontrar la ciudad perfecta, al igual que nunca vamos a encontrar el sistema perfecto. Habrá que hacer un diagnóstico y seguimiento continuado, que detecte errores y aciertos y plantee soluciones globales o concretas, en función del caso.

Según el informe diario de situación que emite la Comunidad de Madrid en su web, la tasa de incidencia acumulada durante las dos últimas semanas se dispara en los distritos y pueblos con menos renta per cápita de la región. Pero si nos fijamos en cualquier otro parámetro, veremos que estos mismos barrios van a salir también perjudicados (salvo, quizás en actividad y cohesión vecinal; al final “la desgracia, une”). No sólo el urbanismo va a solucionar todos los problemas de las personas de estos barrios (de hecho, incluso un buen proyecto urbanístico, que logra funcionar, puede acabar revitalizando el barrio y “gentrificarlo”, echando a su población original), pero sí muchos de ellos, y dejar un camino preparado para que la educación, la política y la economía solucione los demás. La ciudad post-COVID no puede acabar siendo únicamente un paraíso del patinete eléctrico para los barrios burgueses.

Pero, para poder empezar, hay que tener en cuenta que, volver a enunciar lo que ya se ha teorizado, sin tener un plan de acción detrás, no es un paso hacia adelante, es un paso hacia la nada.

David Rus, arquitecto.