Guerra de clases

15 de junio de 2020
Manifestación trabajadores

Javier Montenegro.- Sí, he dicho GUERRA DE CLASES, en mayúsculas, porque creo que es de las cosas más importantes en las que estamos inmersos, y querido lector, aunque pienses que estoy loco, o que he salido de un pasquín de finales del siglo XIX, estoy convencido de que existe una guerra de clases. El problema es que hemos olvidado que pertenecemos a un bando y casualmente estamos perdiendo porque la hemos abandonado. Hemos olvidado que existe una lucha por el reparto de la riqueza y nos han hecho creer que esa lucha ya no tiene sentido. Tenemos unos derechos sociales que cubren nuestras necesidades como sociedad, pero, ¿realmente es esto así o cada vez hay una cuerda más apretada en nuestros cuellos?

La patronal, la burguesía, las transnacionales y las élites son conscientes de dicha batalla y unidos, presionan a los partidos políticos y medios de comunicación a base de prebendas, conmutaciones de créditos, publicidad, puertas giratorias. Siento ser yo quien te lo diga, pobre trabajador precario, pero están venciendo y no se conforman con lo que tienen, quieren más y más. Porque el capitalismo sólo puede absorber más capital si quiere sobrevivir.

Cada vez hay más recortes, tanto de derechos sociales como laborales, pero ellos nunca ven menguados sus privilegios. Cada año son más poderosos. ¿A qué puede ser debido? A mi entender la respuesta es muy sencilla: no existe un contrapoder de los y las trabajadoras. Nos hemos refugiado en la democracia representativa votando cada 4 años y esperando resultados o resignándonos. Porque los últimos partidos políticos que querían asaltar los cielos han sido domesticados por las élites y nos compensan con migajas, mientras se disuelven entre la casta, asimilados por ese monstruo llamado capitalismo, que devora y destruye todo lo que toca.

La izquierda social no ha sabido adaptarse a una serie de transformaciones en el ámbito laboral, económico y social. Todo esto, junto a una crisis ideológica e identitaria existente en la conciencia de clase, la falta de alternativas al capitalismo, a los nuevos modos de gestión de recursos humanos y a los cambios en el sistema productivo, han provocado que la clase obrera se sienta desamparada, sin un rumbo que seguir, tanto en el ámbito laboral como el social.

Hace años existían poderosos sindicatos que enseñaban los dientes al capital, pero, ¿dónde están ahora? Igual que los partidos políticos, los sindicatos mayoritarios se han  institucionalizados a base de subvenciones. Han optado por domesticarse para poder alimentar sus poderosas y costosas infraestructuras, sus caros y pomposos edificios, sus millonarios sueldos, entrando en un declive que ya no permite diferenciar qué es sindicato y qué es empresa. Estos errores estratégicos son los causantes del debilitamiento del poder sindical y la pérdida de credibilidad, que mengua la capacidad de los sindicatos de movilización.

¿Y qué podemos hacer? Bueno, aún no está todo perdido, queda margen para luchar contra el capitalismo. Pero mientras no encontremos herramientas capaces de arrancar pequeñas parcelas de poder al capital, sólo nos queda volver junto a los compañeros de lucha de la antigüedad, los sindicatos de clase. Sindicatos revolucionarios, feministas, asamblearios  y autogestionados -que no reciben subvenciones estatales- enarbolando la bandera de la acción directa. Sindicatos que huyen de la institucionalización, porque sino el capitalismo los engullirá y transformará en otra herramienta para la manipulación de los trabajadores y la desmovilización, como agente de presión ante el capital. 

Pero no es suficiente afiliarse a un sindicato combativo. Como clase obrera no debemos  delegar nuestra lucha, ningún comité de empresa va a luchar tanto como un trabajador motivado. Tenemos que huir del delegacionismo de las elecciones sindicales. Los  propios trabajadores debemos ser nuestros propios modelos a seguir y no élites sindicales  desmovilizadoras. Por eso, cualquier sindicato asambleario necesita militancia para crecer y hacerse más poderoso a través de una formación eficiente tanto en temas laborales como sociales. 

Cada trabajador necesita un sindicato como herramienta de lucha para poder hablar al capital de tú a tú. Agilizar nuestras encorsetadas estructuras para poder adaptarnos a las transformaciones organizativas de las empresas y del capital, y así tener fuerza y poder imponer nuestras demandas. Crear coaliciones en el sindicalismo local e internacional multiplica el impacto de las acciones y contribuye al desarrollo de un ámbito de acción sindical cada vez más necesario. Sólo unidos podemos ser más fuertes.

¿Crees que solo con los sindicatos de clase se puede transformar la sociedad? Creo que tampoco. Los sindicatos deben de saber adaptarse a unas circunstancias cambiantes como los nuevos modelos productivos. Los sindicatos revolucionarios deben atraer a los movimientos sociales, por la vivienda, parados, pensionistas, juventud rebelde, mareas, ecologistas, migrantes, para aspirar todos juntos a ser agentes capaces de redistribución y cohesión social. Juntos, los movimientos sociales y los sindicatos, si quieren sobrevivir tienen que acercarse y  crear un eje común que encabece la lucha y aglutine a todo el movimiento de la clase obrera. Esta confluencia debe representar los ideales de justicia y cohesión social. Sobre todo ahora que nos han demostrado que no somos clase media, y que nunca lo seremos. 

Para ser capaces de aumentar el poder de presión en la lucha de clases, estas  alianzas deben crear fórmulas organizativas más ágiles y flexibles, desarrollar acciones comunicativas eficientes, y en definitiva, nuevas formas de acción colectiva.