Moreno, el chaval de Logroño y muchos cristales rotos

16 de enero de 2021
Entrada a Alcorcón, sábado 9 de enero de 2021

Escribo estas líneas con más de 30 centímetros de nieve en las aceras. Escribo desde Alcorcón, pero podría escribir desde Madrid, Móstoles o Getafe. Por sectario que les parezca a algunos, Filomena no es ni de izquierdas ni de derechas. Pero ha azotado con fuerza al centro. Al centro de la Península, quiero decir. 

Estos días he estado leyendo un libro titulado Happycracia: Cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas. Entre varias ideas muy interesantes, sus autores resaltan la fachada que suponen las redes sociales. Una fachada que nos obliga a mostrarnos felices, aunque nuestros cimientos estén podridos. Grosso modo, esta norma se cumple en las redes sociales que frecuento, excepto en un pequeño reducto, un fortín cuyo caudillo actúa a modo de panóptico para evitar cualquier disidencia en los comentarios. Este viernes por la mañana, cuando la nevada todavía no había cubierto coches y tirado árboles, llevé a una barrendera de mi barrio un termo con un café caliente. Esa barrendera, que es mi madre, llegó a casa tiritando y con el frío calado hasta los huesos después de haber trabajado toda la mañana. Tras tratar de quitarse el frío del cuerpo infructuosamente, entró en Facebook y sorpresa. Ahí estaba el caudillo señalando al enemigo.

Cualquiera que frecuente este grupo podrá encontrar textos, fotografías y vídeos diarios en los que se denuncia la supuesta situación de la limpieza en Alcorcón. A causa del temporal estos ataques se han intensificado: sal que no se ha esparcido antes de la nevada, quitanieves que no se han comprado en las semanas anteriores y barrenderos escondidos en sus casas sin acudir a su puesto de trabajo. Todo vale en la cruzada del caudillo contra el malvado enemigo político. Todo, incluso señalar a quienes tratan de realizar su trabajo en estas condiciones.

Los comentarios que se han podido leer estos días –y los que previsiblemente se podrán leer en las siguientes horas– son avergonzantes para cualquier ser humano. Trabajadores, como tu madre, tu vecina o tu hermano, señalados públicamente como culpables de esta situación. Las triquiñuelas políticas en la era de las redes sociales nos están llevando a deshumanizar al otro hasta puntos inauditos. Y la Historia nos enseña que antes de romper los cristales se quiebran otros elementos de convivencia.

Estas lecturas tan poco gratificantes chocan de lleno con aquellas sobre el chaval de Logroño. Ese hijo de barrendera que había reunido a un grupo de amigos del instituto para ir a limpiar las calles después de una manifestación contra el gobierno central y sus medidas frente a la pandemia. El ejemplo de la honradez y el civismo de este estudiante son una lección para aquellos que se empeñan en cortar conexiones y lazos entre vecinos. Cuando el hostigamiento de trabajadores ajenos a estas luchas políticas se convierte en un dardo con el que atacar al enemigo, se cruza una línea que jamás debería ser rebasada. Una línea que ya se ha superado con continuos ataques verbales.

Por suerte, en la vida real hay más chavales de Logroño que rompecristales. No son pocas las personas que se paran a agradecer su labor o a compadecerse de las condiciones en las que tiene que trabajar gente como mi madre.

En fin. Filomena, a su pesar.

Diego Suárez Martínez,
vecino de Alcorcón